la vida y los tiempos de

Quítame esta venda de los ojos

Desde que vi a Carol me obsesioné con ella. En ese entonces era una modelo de Uruguay que gustaba de la literatura (o eso me decía, porque ahora no lee nada. Quizá fue un truco para engatusarme).

Su papá era abogado, y era bastante estricto con ella. Cuando leyó mis fragmentos narrativos, se enamoró de mi libertad. Yo me enamoré de su fisonomía. Me dije que quería tener varios hijos con ella.

—Te lees muy masculino —me dijo a los días de conocerme.

En ese momento entendí que sería una excelente madre y esposa.

Mi juicio ético me llevó a tener relaciones con ella, inmediatamente. Sexo sin protección. El mejor.

—Mi papá nos va echar todo el peso de la ley —dijo—, si quedo embarazada.

Mi uruguaya no cargaba un bebé en sus entrañas y nunca más me volví a correr dentro de ella sin protección.

En ese tiempo Carol era una extraña belleza de Uruguay, una modelo de Benetton que gustaba de los excesos. Contrajimos nupcias a los meses. La hice mi esposa. Ahora, luego de dos años de cohabitación, la reina de mi corazón, la modelo Carol, sigue triunfando en mi cama.

—Es el mejor regalo que te puedo dar —me dijo ayer—, ya que nunca fui escritora.

—Soy más protagonista que escritor —le dije.

—Pero tienes fama. Eres conocido. Eso no lo puedes negar.

Me bajé a sus muslos y mi modelo de Uruguay especuló mi entidad con su mano para hacerme un buen trabajo. Después me confesó que tenía una amiga de Internet.

—Quiere hacer un trío —dijo—. Busca un hombre de entre 20 y 30. Le dije que mi esposo quería con ella. Se emocionó. Pero no es uruguaya. Se llama Collette. Es esposa de un policía que tiene delirio de persecución.

Labios de lesbiana

Antes de conocer a Carol, conocí a Esther. Una gran escritora en todo el sentido de la palabra. Me la encontré fortuitamente en una lectura en el CECUT. Se trataba de una elegante y sofisticada mujer, a quien le di unos textos (cuando aun no era famoso), para que me diera su opinión.

Nuestra relación se hizo muy erótica (nunca le hizo caso a mi novela). Era una mujer de Buenos Aires, de costumbres y modos a la antigua, que en un momento me confesó su lesbianismo reprimido.

—Vivo una ficción —dijo—. Prefiero las relaciones eróticas con las mujeres, pero aquí estás tú, mira, con quien mantengo relaciones extra maritales al cincuenta por ciento, y te sientes feliz por ello.

Luego se hizo editora de una revista y me dejó por una mujer, finalmente.

Sufrí mucho. Extrañaba los idilios con la escritora. Me escribía cartas, donde me decía que ya no le hacía a los hombres.

—Estoy cansada de ellos —me decía—, desgastada por relaciones inestables con los hombres.

Su novia, Joyce, también era escritora, y pronto fue galardonada con un premio importante.

Cómo golpear a la esposa

Nunca había golpeado a Carol, pero esta vez me sacó el tapón. En veces es completamente contradictoria. El caso es que no pude controlarme. Le azoté. Ella veía un video en su recamara. Le azoté.

Según ella, un hombre no le pega a una mujer, pero tampoco la azoté con el bat de béisbol. Eso hubiera provocado una persecución policíaca. Sólo la tomé del brazo y la jalé como muñeca de trapo.

Eso despertó su comentario precoz.

—Te voy a demandar hijo de la chingada, por golpear a tu esposa.

—Soy un hombre de 29 años —le dije—. No tengo la culpa.

—De qué no tienes la culpa.

—De que no quedes embarazada.

Ella no estuvo conforme con mi argumento.

—¿Así es como te justificas para maltratarme?

—Qué culpa tengo yo. Estás amargada. Eres una mujer sumamente amargada.

Carol pidió un taxi. Se fue por unas horas. Yo me quedé viendo la televisión.