la vida y los tiempos de

La mujer del café

Lo primero que hice fue ir a tomar un café y ahí me di cuenta de una mujer. Tenía cara de lastima, o daba lastima, o no sé. Como si alguna emergencia pasara por su vida. Me levanté y como si fuéramos buenos amigos, la saludé.

Nunca he leído un manual de cómo abordar mujeres en la vía publica, pero ese método no me funcionó. Ella improvisó una sonrisa y volteó el cuerpo tres cuartos para ponerse a escribir en una libreta.

—¿Eres escritora?

Yo creo que cuando una persona conoce a otra, hay ciertas cortesías.

—Tienes tipo de romano.

—Quizá tengo familiares romanos. Quizá un día visité Roma.

Ella no se compadeció de que yo seguía parado y regresó a su libreta. Al parecer la entrevista había terminado. Regresé con mi alma aplastada a mi mesa, pensando que había sido mala idea esto de la soltería.

Encendí un cigarro y por coincidencias de la vida, ella hizo lo mismo. Pero luego dejó unas monedas sobre la mesa y se retiró.

Separación

Sólo recuerdo que fue jueves.

Mi esposa uruguaya venía muy joven y cantante, sus ojos brillaban. Luego me anunció algo de una separación.

—Quiero que nos separemos.

—Pero no estamos casados.

—De todas formas.

Lamentablemente, mi reacción no fue la que ella esperaba. Me puse a tararear una canción de Aerosmith y abrí una lata de cerveza.

—Lo bueno es que no tenemos hijos —dije.

—Espero que la separación te haga cambiar de ideas. Nunca me has querido.

—De acuerdo.

—¡¿De acuerdo?!

No hubo que firmar ningún papel. No estábamos casados, sólo rejuntados.

—Así podrás juntarte con tus novias —dijo en la puerta, llevándose todas sus pertenencias en una valija de donde asomaba un sostén rojo, el que le había regalado del Día del Amor.

La modelo uruguaya dio media vuelta y cerró la puerta. Entonces, me dije, de esto se trata una separación, ¿cómo debo sentirme? Tengo un apartamento para mi solo. Puedo hacer lo que quiera. Se acabaron los tiempos de compartir todo.